Entrevista a Alexander
Solzhenitsyn
“La democracia rusa
es una farsa”
-En efecto, últimamente la palabra “democracia” es muy popular, pero no soy
consciente de que se comprenda plenamente qué significa. Extraen características
individuales en lugar del concepto en su conjunto. Por ejemplo, una
característica es la libertad de expresión y la prensa. Se supone que donde hay
libertad de expresión y prensa libre hay democracia, pero por sí solas no dan
como resultado la democracia. O el Parlamento: según ciertas teorías, si existe
parlamento la democracia está garantizada. Pero, ¿para qué sirve? Para
representar al pueblo, los representantes del pueblo deberían representar a su
electorado y a nadie más. En este país, sobre todo si tenemos en cuenta las
dimensiones de Rusia, dichos contactos no se han establecido o son débiles. Los
votantes deberían observar lo que hace su representante. En cuanto noten que no
les gustasu actuación, deberían retirarlo. Es una práctica democrática natural,
pero en este país se elige a un hombre durante cuatro años y se acabó. Además,
proponen un parlamento elegido por partidos. El pobre votante debe optar por un
partido. Y ese partido designa a un candidato anónimo que se supone que debe ser
su representante.
La dictadura de los partidos
–¿Acaso los partidos políticos son el problema?
–¿Qué es un partido? Cualquier partido infringe y trunca al ser humano, debilita
su voluntad. Exprime al individuo con su programa y su carta, ¿y quién dirige el
partido? Siempre algún ricachón. Un partido debe financiarse, necesita mucho
dinero, y quien paga manda. El partido no crea nada, lo único que quiere es
aprovechar el poder. ¿Qué es en realidad la democracia? Todo el mundo sabe qué
es, incluso está en nuestra Constitución, pero el pueblo lo ha olvidado. Es una
estructura sociedad-Estado en la que la masa del pueblo determina su destino. De
eso trata la democracia. Sin embargo, lo que tenemos es una nueva clase
política. Consiste en varios cientos de personas que han declarado: soy un
político profesional o soy un politólogo profesional, tú puedes dedicarte a
cavar tu tierra oscura que nosotros decidiremos por ti. ¿Qué clase de democracia
hemos visto, empezando por Gorbachov? ¿Cuál fue el cometido principal de la
democracia bajo Yeltsin? Derribar a Gorbachov. ¿Cómo? Dividiendo a la URSS. ¿Y
cómo hacerlo? Tres personas se reunieron y celebraron una fiesta con alcohol.
¿Eran conscientes de que estaban lidiando con un gran proceso de Estado? Vale,
se pueden causar divisiones si es necesario. Pero debería hacerse como lo haría
un hombre de Estado, sopesando todo: ¿cuáles son las órdenes?, ¿quién vive
allí?, ¿cuáles son los vínculos económicos? Es un proceso que requiere muchos
años. Pero lo hicieron todo de golpe. ¿Qué clase de democracia teníamos?
Convocamos un referéndum, ésa fue toda la democracia que disfrutamos. Los
burócratas decidían qué precios debían sacar a flote. Todo a la vez. En este
país tendemos a hacerlo todo a la vez y lo más rápido posible. Nada se hace de
forma gradual, nada se medita. ¡Deprisa, liberen los precios! Pero en el camino,
millones de personas pierden los ahorros de toda su vida. Que se vayan al
infierno. Y allá que van.
–¿Qué ocurrió entonces con el desmembramiento
de la URSS?
–Con el desmembramiento, 25 millones de nuestros conciudadanos se encontraron
viviendo en el extranjero, en otro país. ¿Pensaron en ellos nuestros líderes,
dirigidos por Yeltsin? ¿No se violarán sus derechos, no se suprimirá su cultura?
¿Cuál será su situación económica, cómo se vincularán con su tierra? No se pensó
un solo momento en todo esto. Se lanzó a la gente al agua como si fueran gatitos
ciegos para que se ahogaran. ¿Es eso una democracia? Yeltsin, tras su holgado
triunfo, introdujo las elecciones libres de gobernadores. ¿90 gobernadores? De
acuerdo, que sean 90. ¿Se prepararon estas elecciones? En absoluto, se produjo
el caos absoluto en las elecciones locales. Los ricachones locales
interfirieron: el dinero, los sobornos y los engaños lo decidieron todo, y en
algunos lugares las elecciones fueron descaradamente ilegales, dirigidas por las
mafias locales. Pero lo peor fue que el gobierno pensó que no bastaba con robar
al pueblo sus ahorros. Había mucho más a su disposición. ¡Menudas riquezas!
Están ahí para ser robadas. Desvalijaron a Rusia con gran rapidez.
–¿Y las privatizaciones?
–Chubais [responsable del comité ruso de privatizaciones del gobiern Yeltsin]
alardeaba de que ningún país del mundo había vivido una privatización tan
rápida, y tenía razón, nadie en el mundo había sido tan idiota. Con inmensa
rapidez se distribuyeron los recursos que Dios nos ha dado: minerales, petróleo,
carbón y producción. Rusia quedó desnuda. No queda nada. ¿Es eso una democracia?
¿Se celebró un referéndum? ¿El pueblo decidió su futuro? De ese modo crearon, a
partir de la inmundicia, una clase de multimillonarios que no había hecho nada
por Rusia. Como máximo, agarraron lo que les habían dado a cambio de nada o casi
nada. Se quedaron con propiedades para convertirse en multimillonarios y, en
nuestra impotente desesperación, les admiramos. Tenemos un culto a los
multimillonarios. No nos importa vivir como lo hacemos mientras los
multimillonarios sean felices. Si fuera una democracia, habría que salir a la
calle porque nos han robado. Si hay que iniciar huelgas de hambre para que le
paguen a uno su salario, eso no es una democracia.
Desde el suelo hacia arriba
“Hace 15 años –insiste–, publiqué un artículo en la Unión Soviética: ¿Por qué
deberíamos desarrollar Rusia? En él preveía la desintegración de la Unión, y
Gorbachov se rió de él. Y yo dije que la división era inevitable e inminente.
Afirmé que debíamos organizar comisiones para debatir qué ocurriría con el
pueblo: preparar compensaciones, decidir qué ciudadanía deberían tener. Se
limitaron a reírse. Pero lo que todavía es más importante y que ya advertí en
ese artículo es que la democracia no se podía imponer desde las altas esferas
mediante una legislación inteligente o unos políticos sabios. La democracia sólo
puede crecer como las plantas: desde el suelo hacia arriba. Por encima de todo,
debía haber democracia en los pequeños lugares, debía haber un autogobierno
local. Sólo entonces puede desarrollarse la democracia”.
–En cuanto al autogobierno...
–La cuestión sobre el autogobierno es muy complicada. Nuestro autogobierno local
fue proclamado en la Constitución de otoño del 93, que comenzaba de un modo
solemne: “La única fuente de poder en la Federación Rusa es el pueblo”. ¿Está
claro? ¿Qué tipo de poder? El Artículo 12 contiene una reserva: el autogobierno
local se reconoce y se garantiza en la Federación Rusa. Los organismos de
gobierno local no forman parte del sistema del poder estatal, eso es correcto.
Pero deberían crearse de forma paralela, pública y gradual, en lugar de muchos
organismos de poder estatal. Si admiramos la democracia de Occidente es porque
su autogobierno local actúa de maravilla. Nunca habrían alcanzado la democracia
sin el gobierno local. Y nosotros estamos construyendo una democracia sin los
gobiernos locales. Tememos a nuestro propio pueblo. La Duma teme que alguien
dirija las cosas en lugar de ella. Como escribí hace 15 años, el gobierno local
sólo puede crecer de forma gradual. ¿Cuáles son los defectos de las elecciones
desde la base hacia arriba? No hay forma de ponerse en contacto con el
representante electo. ¿Qué clase de hombre es? ¿Un sinvergüenza? Es imposible
saberlo. Ofrecen su anuncio por la televisión y mencionan su programa. Pero el
autogobierno local surge de forma local, como un edificio que se construye una
planta tras otra.
¿Quién respeta a Rusia hoy?
–¿A qué nivel nos encontramos?
–Estamos a un nivel menos uno. Cuando creemos un autogobierno local, ésa será la
primera fase. En la segunda fase deberíamos ascender desde unidades más pequeñas
hasta los gobiernos de las áreas de más magnitud, por ejemplo, un distrito.
Lógicamente, los alcaldes son el vértice del gobierno local, y una vez se haya
establecido el gobierno en los estadios más bajos de las ciudades, y una vez se
haya elegido al gobierno local en varias fases, debe votarse al alcalde de una
gran ciudad. Pero tenemos que seguir viviendo para ver cómo ocurre, y ni
siquiera hemos empezado. Tenemos que hacerlo todo a la vez. Alejandro II, en su
época, introdujo unas reformas radicales. Los revolucionarios clamaban: “¡No
podemos esperar, debemos ir más deprisa!” El emperador fue asesinado y todo fue
cada vez más rápido, se produjo la Revolución. Ya conoce los resultados.
Deberíamos deshacernos de esta actitud. Deberíamos aspirar a la calidad y
proceder con lentitud.
Las “revoluciones naranjas”
–Alexander Isayevich, la situación en la
Comunidad de Estados Independientes (CEI), en las repúblicas que rodean a Rusia,
todavía es más complicada. ¿Quizá eso responda al hecho de que Rusia se encontró
repentinamente rodeada de “revoluciones naranjas” [llamadas así por el color
adoptado por los revolucionarios en Ucrania]? ¿Son procesos controlados desde
fuera?
–El primer aspecto es el estado de la CEI. Cuando anunciaron la creación de
dictaduras orientales en estos países, Occidente no tardó en escribir: “la
democracia está garantizada. Asia central y Kazajistán rebosan democracia.
Turkmenistán, eso es una democracia”. Tenían mucha prisa por reconocerlo. La
situación es más compleja, pero educar a los países de la CEI ya no es asunto
nuestro. Tendremos suerte si logramos conservar un espacio económico común.
Estoy seguro de que Ucrania arruinará el espacio económico común de los cuatro
países. Por lo demás, nuestras relaciones con la CEI deberían reducirse a ser
los mejores para que nos envidien. Dirigir este país de forma que todo el mundo
diga: es fantástico, me encantaría poder aprender de Rusia. Dadas las
circunstancias, ¿quién va a respetar a Rusia si ve que a los rusos se los puede
pisotear sin que su país dé un paso para defenderlos? No interviene, no ofrece
protección consular. Tan sólo eso descarta cualquier respeto hacia Rusia. Al
pensar en las relaciones con la CEI, creo que primero deberíamos intentar
curarnos a nosotros mismos. Y que la CEI haga lo mismo. El espacio económico
común puede salvarse.
“Usted habla de ‘revoluciones naranjas’, –prosigue Solzhenitsyn–.
Curiosamente, yo mismo me maravillé cuando ocurrió la revolución naranja. Los
métodos me recuerdan a nuestra revolución de febrero de 1917. Resulta difícil
imaginárselo, es una era distinta, pero los métodos son los mismos. Grandes
divisiones sociales, unaa ciudadanía muerta frente al gobierno. Después,
descontento de base. Tercero, el comportamiento de las clases cultas. Cuando San
Petersburgo no tenía pan negro pero abundaba el pan blanco y las tiendas estaban
plagadas de toda clase de productos, los estudiantes y los burgueses salieron a
la calle y gritaron: “¡Queremos pan!” No era pan lo que pedían, querían más
revueltas. Por supuesto, los tumultos a esa escala no podrían haberse iniciado
sin la ayuda económica exterior. El dinero alemán cruzó Escandinavia y llegó
hasta los bolcheviques, pero no sólo a ellos. Los que organizaron
manifestaciones recibieron dinero. Pero las oportunidades eran limitadas,
entonces sólo podía transferirse dinero en pequeños envíos. Ahora, los canales
financieros mundiales están abiertos a miles de millones. Puede pedir ayuda de
forma instantánea y recibirá lo que necesite. Las “revoluciones naranjas” no
representan ningún descubrimiento. Si existe una discordia interna y un
contraste entre la ciudadanía y las autoridades, si la oposición recibe ayuda
del exterior, sin duda se producirá una revolución naranja.
–Así que, según usted, ¿hay dos factores, el
interno y el externo?
–Sin duda, no puede conseguirse nada sin los factores internos. Pero si éstos
existen, requieren dinero y ayuda. Las revoluciones ucraniana y georgiana
recibieron dinero más que suficiente.
–¿Cree que es posible una revolución naranja en
nuestro país?
–En febrero de 1917 a las autoridades les parecía imposible que estallara una
revolución. Y ocurrió. Si se incrementa la temperatura de forma artificial y
constante, puede pasar cualquier cosa. Se está intentando avivar las tensiones:
nos están privando de democracia. ¿Está amenazada nuestra democracia? ¿Y el
poder del pueblo? No existe, no ha existido en ningún momento. Sólo nos pueden
quitar lo que tenemos, pero como no tenemos nada, no nos pueden robar. Hemos
privado a la gente de todo. Desde el primer día de la era Gorbachov y en
adelante. Nunca hemos tenido una democracia, no tenemos siquiera apariencia de
democracia. La democracia es un estado y un sistema social en el que el pueblo
en conjunto controla su destino. No es el caso.La gente debería tener en mente
una responsabilidad por su país. Se puede escindir cualquier nación. Pero si los
ciudadanos son responsables, no deberían hacerlo. Deberían proceder con cautela
y aplicar reformas. La Duma se comporta peligrosamente, mire qué leyes aprueba y
la velocidad con la que cambia de opinión. Pasa de un extremo al otro como un
borracho. ¿A eso le llaman legislación? Lo peor es que la Duma no consulta con
el pueblo. Insisto, la gente debería convocar una huelga de hambre o tomar las
calles si quiere ser escuchada.
Un impulso descabellado
–Y la democracia como instrumento para reformar
el mundo. Usted conoce muy bien la mentalidad del pueblo estadounidense, ha
vivido allí mucho tiempo. ¿Cree que la democracia, tal y como la entienden los
estadounidenses, como un instrumento para cambiar el mundo, es una especie de
delirio infantil o un fantasma tras el cual se oculta el deseo de dominar el
mundo?
–Actualmente (en realidad, desde hace más de diez años), Estados Unidos se ha
dejado llevar por un proyecto o impulso descabellado: imponer la democracia en
todo el mundo. Imponerla. Y se lo plantean como una venganza. Primero provocaron
un baño de sangre en Bosnia. Luego bombardearon Yugoslavia. En Afganistán
afirman haber instituido una democracia, al igual que en Iraq. Iraq es un gran
éxito de la democracia. ¿Qué vendrá después? Quizá Irán. Es increíble. Allí hay
pensadores, librepensadores. Comprenden que la democracia no se puede imponer
desde el exterior. Una democracia que se sostenga con bayonetas no vale nada. La
democracia debe crecer lentamente en respuesta a las necesidades humanas, al
impulso de unidad y de amistad del ser humano. Debería desarrollarse lentamente,
paso a paso. Pero nuestra democracia es una farsa.
Francia y la
Constitución Europea
–¿Cómo debería comportarse Rusia? No podemos
ser meros espectadores...
–Sólo puedo insistir en lo que ya he dicho, cumplir con nuestra Constitución.
Habla de gobierno local, del poder del pueblo y de los organismos
gubernamentales. Por ahí se debería empezar. Los miembros de nuestra clase
política tienen mentes retorcidas. Viven al momento. Deberíamos crear un sistema
que permitiera a la gente controlar su destino. Pero no lo hacemos, esperamos
que las cosas se resuelvan por sí mismas.
–En Suiza celebran referendos incluso cuando la
cuestión es si se coloca un banco cerca de un parque. Nosotros no nos vemos
afectados por esas cosas. ¿Qué asuntos deberían someterse a referéndum?
–Gracias. Ha hecho usted alusión a algo que quería mencionar y que he olvidado.
Un referéndum es un arma poderosa, pero hay que saber utilizarla. En países en
los que el pueblo está acostumbrado a los referendos pueden actuar como n Suiza.
Todo surge sin complicaciones y resulta fructífero. Pongamos como ejemplo a
Francia. Su clase política estuvo moldeando sin cesar la Constitución Europea y
estaba segura de ella. Pero la gente dijo no. El referéndum expresó la voluntad
del pueblo. Es un efecto maravilloso. En este país existe una extrema necesidad
de referendos, pero la Duma prácticamente los ha prohibido. Introdujo tantas
barreras y restricciones que es imposible celebrar un referéndum. Son muy
necesarios, pero no se puede abusar de ellos. Si se somete cualquier cuestión
insignificante a referéndum, el pueblo se puede llegar a aburrir. Deberían
convocarse por asuntos importantes. Un ejemplo es el robo en Rusia. Tengo una
sencilla pregunta: ¿tiene nuestro pueblo algo que ver con la herencia nacional?
Nunca han pensado en someterlo a referéndum, regalaron los recursos del subsuelo
sin consulta alguna. ¿Por qué obstruyen la celebración de referendos? No sólo
porque sea difícil de organizar, sino porque tienen miedo de escuchar a la
gente.
La idea nacional
–Y ahora, la pregunta clave: la idea nacional.
Las conversaciones al respecto han disminuido y tengo la sensación de que ya no
la estamos buscando. ¿Rusia no la necesita? Y si lo hace, ¿en qué debería
consistir?
–Ésa es una pregunta importante. Abordo con cautela el término “idea nacional”,
porque se ha abusado de él. Cuando hace años Yeltsin ordenó que se elaborara una
idea nacional en dos semanas, me pareció que se trataba sólo de un circo. Cuando
me preguntaron al respecto, respondí que en aquel momento, en el que Rusia
estaba sumida en la miseria y la confusión y le habían robado sus riquezas, la
idea nacional que tenía más posibilidades de salvar a Rusia es la que planteó el
cortesano de Isabel, Ivan Petrovich Shuvalov, hace 250 años. Propuso que Isabel
se guiara por una ley principal: preservar el pueblo. Una gran idea. Los Romanov
aplicaron poco o nada este principio. Es un desafío que se ha ido agudizando
incluso más los últimos 200, 250 y 270 años. Al plantearnos cualquier
iniciativa, cualquier ley nueva, deberíamos pensar si ayuda a salvar al pueblo o
no. Si no lo hace, fuera esa ley. Esta idea no puede ser nuestra directriz para
siempre, pero nos durará 50 años. Y al cabo de 50 años, quizá a algunas personas
inteligentes se les ocurra algo. Pero durante los 50 próximos años seremos
felices si conservamos a nuestro pueblo. Éste debería ser el principal criterio.
Cada ley, cada iniciativa del gobierno debería estar destinada a ello.
***
Rusia bajo los escombros
por Alexandr Solzhenitsyn
Alexandr Solzhenitsyn, premio
Nobel de Literatura en 1970, continúa luchando por la dignidad de sus
compatriotas. Si Archipiélago Gulag denunció la ferocidad comunista y conmovió
los cimientos del imperio soviético en los años 70, hoy la aparición en
Argentina de Rusia bajo los escombros (FCE), al que pertenece este ensayo,
“¿Podremos seguir respirando?”, revela una vez más la lucidez del pensador. Una
reflexión tan apasionante como reveladora, especialmente a la luz de los
resultados de las elecciones rusas pasados.
En el final de los 90 Rusia está reducida a una existencia fantasmal, sin
consistencia. Aparentemente vivimos en una república con elecciones y Prensa
libres, donde los esfuerzos del gobierno apuntan a elevar la producción y desde
hace siete años las autoridades libran una guerra encarnizada contra la
corrupción en el aparato del Estado y la criminalidad galopante. Sin embargo,
dirigentes notoriamente corruptos conservan sus puestos y a los asesinos casi
nunca se los descubre. Es tal el salvajismo de las pandillas criminales que la
vida humana no vale nada. Desde el inicio de las grandes reformas, el crimen
organizado domina la opinión pública por medio del dinero. La impotencia de la
Justicia es tan patente que nadie le pide protección: no sirve para nada. ¿Somos
un “Estado de derecho”? Parece una broma. Aparentemente nuestras tropas protegen
las fronteras, pero los oficiales que no se dejan corromper por los
contrabandistas, así como destacamentos enteros de guardianes de las fronteras
son diezmados por bombas; desde luego, jamás se descubre a los asesinos. Y
también en apariencia el país posee un ejército capaz de defender a la Patria,
pero ni siquiera puede mantener correctamente la guardia en los cuarteles en
tiempos de paz. Podría multiplicar los ejemplos: los discursos bellos sirven
para disimular una realidad lúgubre. La población de un país inmenso ha
regresado al estadio económico primitivo: se alimenta de sus parcelas
individuales. Vastas regiones de Rusia –el extremo Norte, Kamchatka, el Lejano
Oriente y buena parte de Siberia– están libradas a sus propias fuerzas. ¿No hay
calefacción para el invierno? ¡Pues váyanse a vivir a otro país!
Nuestra investigación científica puntera se sostiene a duras penas, pero las
instalaciones más eficientes están a punto de desaparecer: por falta de dinero
no se puede asegurar su mantenimiento. Sabios de gran renombre hacen huelga de
hambre, directores de institutos de investigación se suicidan. ¿Desesperación?
No, es suicidio a escala estatal; son nuestros dirigentes, arrastrados por su
demencia, quienes condenan a muerte el futuro de Rusia. Los jóvenes
profesionales más talentosos se van al extranjero, quebrando así nuestra
tradición universitaria. Los estudiantes sufren hambre. ¿La cultura? ¿Las
bibliotecas? ¿Los museos? Apenas ha comenzado la enumeración de los fracasos. La
atención hospitalaria, de la base a la cima, carece de medicamentos y equipos,
es cada vez menos accesible para los que no poseen grandes medios. El derecho de
ser enterrado en un ataúd –o sin él– se vuelve inaccesible de tanto que han
aumentado los precios. Pero lo que no es mera apariencia es la caída demográfica
de los pueblos de Rusia, no de todos, sino esencialmente de los eslavos: parece
presagiar su desaparición lisa y llana. Las estadísticas de los últimos años
revelan que la etnia rusa marcha hacia la extinción, ¡y a qué paso! A partir de
1993 el número de muertes supera el de los nacimientos en un millón. Es una
pérdida similar a la que hubiera provocado una guerra civil. En ningún lugar del
mundo se observó semejante caída demográfica desde la II Guerra Mundial. Y según
todos los índices, persistirá durante varias décadas: no se advierten motivos
para que las cosas cambien. (El regreso de emigrantes rusos disimula en parte el
fenómeno.) ¿Perturba esto a nuestros elocuentes políticos? ¿Hay uno entre todos
que intente detener el proceso, que trate de crear condiciones de vida
suficientemente estables para garantizar la conservación de la población?
La caída de la tasa de natalidad rusa también es un hecho sin precedentes en el
mundo. [...] En las ciudades baja la natalidad; en el campo aumenta la
mortalidad. Disminuye la esperanza de vida: entre los hombres ha caído a 57 años
(es verdad que este proceso se inició en los años 70) como en la India,
Indonesia y África, aunque en ciertas regiones del continente africano es
superior a la nuestra. Las mujeres superan a los hombres en nueve millones, y
esta brecha no deja de agrandarse. En cuanto a la mortalidad masculina, la cifra
aumenta por muchas razones: consumo desenfrenado de alcoholes adulterados (la
astucia de nuestro gobierno); frecuentes accidentes laborales debido al
deterioro de los equipos industriales (éxito de las reformas, miseria del
Estado): la producción como tal es fuente de peligros; desesperación,
imposibilidad de alimentar a la familia, pérdida de la confianza en sí mismo
(decenas de miles de suicidios por año). Los médicos constatan que las
intervenciones se deben a enfermedades cada vez más graves y dolorosas. Con
frecuencia responden, según ellos, a las condiciones de vida: “La angustia es un
factor determinante...” ¿Y la suerte de millares de jóvenes que no saben adónde
ir ni qué hacer? (Conozco casos de jóvenes candidatos a la Academia de Ciencias
que están en la calle.) ¿Y quién ejerce el poder sobre todo lo que sucede en
nuestro país? ¿Es necesario aclarar que es el Poder Ejecutivo, el Legislativo,
los banqueros? ¿O bien, en una palabra, la oligarquía? En todo caso, está claro
que esta camarilla rapaz es totalmente indiferente a la suerte del pueblo al que
gobierna, hasta el punto de que ni siquiera le interesa saber si sobrevivirá o
no.
Y nuestra vida cotidiana gris es iluminada por el centelleo azul de las
pantallas de televisión, promesa de vida y de cultura, único lazo real entre las
personas en un país que cae hecho pedazos. ¿Pero qué nos ofrece que sirva para
reconfortarnos y saciar nuestro apetito? Vulgaridad, vulgaridad y aún más
vulgaridad. Publicidad seductora que muestra la “vida bella”... ¡y para el 98%
de la población es tan real como la vida en Marte! Una sucesión de imágenes
confusas y agitadas. “Series” importadas de baja calidad. Sucedáneos del
espíritu. Estupideces en las que se asfixia la cultura. El culto de la ganancia
y la prostitución. ¡Esos banquetes insensatos donde los afortunados de la
capital se muestran ante el país hundido en la miseria, la jactancia de los
millonarios! O esas payasadas chillonas de las autofelicitaciones televisadas...
Ya se sabe. Es para vomitar: el pueblo detesta la “caja”, pero no puede estar
sin ella. También están los medios (palabra muy de moda), que quedaron bajo el
control de los oligarcas; es verdad que su difusión es escasa en los vastos
espacios rusos. Dedican su atención casi exclusivamente a las personalidades más
visibles, a las intrigas, los golpes arteros, las maniobras de trastienda y los
escándalos.
Algunos presentan ciertos análisis de la situación que producen escalofríos. En
la publicación “Inostranets” hay una visión global de la Rusia de hoy y las
amenazas que la acechan. Felizmente, la “ideología nacional chovinista” no nos
amenaza: no consigue arraigarse en Rusia. (Por fin lo comprenden.) Pero he aquí
el peligro: Rusia como modelo de sociedad humana es demasiado heterogénea: en
ella coexisten el primero, el segundo y el tercer mundo. (En verdad, es
peligrosamente heterogénea.) Nuestro “primer mundo” es la “locomotora de la
modernización y la occidentalización”, el “centro hegemónico que dirige la
política, las finanzas, la información”; es decir, Moscú. El lugar del “segundo
mundo” lo ocupan ciudades como San Petersburgo, Ekaterimburgo, Nizhni-Novgorod y
Samara. En cuanto al “tercer mundo”, el resto de Rusia se le parece cada vez
más: el Sur, el Este (es decir, que se incluye en el tercer mundo toda Siberia
y, por cierto, las regiones despobladas del Norte: ¿dónde incluirlas, si no?),
así como “los barrios empobrecidos y las pequeñas ciudades”. Precisamente este
tercer mundo representa un peligro para nosotros, los del primero y el segundo,
y debemos permanecer muy atentos porque podría aparecer en él una “combinación
extravagante de maoístas y toscos escritores”. ¡Atentos! ¿Corresponde, entonces,
prepararse para resistir los ataques de esa masa oscura, incluso aplastarla
mientras aún hay tiempo? El país vive aplastado bajo el peso de la vida
cotidiana (la familia, el alimento, la huerta), sin el menor contacto con sus
descarados dirigentes.
La gente ha perdido la esperanza de que las elecciones, cualesquiera que sean,
puedan traerle algún beneficio. Hay una profunda indiferencia por los asuntos
públicos. Concretamente, nadie defiende ni defenderá los derechos de los
humildes. Muchas ciudades pequeñas están asfixiadas por el desempleo; es
imposible aprovechar su capacidad. Los veteranos de la Segunda Guerra Mundial,
los jubilados y las antiguas víctimas del Gulag estaliniano llevan una vida
lamentable y se resignan al ver pasar a los mocosos de ayer en sus autos
extranjeros y gastar sumas exorbitantes en sus juergas. En esta conducta social
deforme se encuentra la prolongada comparación con las décadas comunistas, pero
esta nueva época le ha inyectado su dosis debilitante. ¿Acaso toda esa masa
humana no forma parte de los marginados? Desde los años veinte no se asistía a
una transformación tan brutal de la psicología de la gente, su mentalidad, sus
valores espirituales y morales: en esa época el mundo caía en pedazos ante sus
ojos y hoy sucede lo mismo. Éste es el mundo al que nos han arrastrado los
advenedizos rapaces que imponen por todos los medios la moral del lucro. La
palabra dada no tiene valor, es inútil respetarla. El trabajo honrado sólo
merece desprecio y no da para comer. Y esos desastres no se reparan en años
sino, en el mejor de los casos, en décadas. En este mundo en el que se disuelven
todos los lazos sociales y nadie se interesa por lo que le sucede al prójimo,
cada uno enfrenta a solas su desgracia y su dolor. En este mundo de
desesperación e indiferencia en el que nada sirve para nada y las personas están
moralmente abrumadas, cada uno experimenta la sensación de no serle útil a
nadie, de haber perdido el control de la propia vida, y el vacío se instala en
el alma. Como lo advierte el proverbio: “No busques el camino en un callejón sin
salida”. Recibo cartas y más cartas de todos los rincones de Rusia, del “tercer
mundo” y del “segundo”. Y leo siempre lo mismo: “Prefieren transformar el país
en un cementerio antes que soltar su presa.” “Nuestro Estado es el enemigo de
los humildes.” “El pueblo no cree más en nadie ni espera nada bueno de nadie.”
“Aún no he decidido por cuál porquería voy a votar.” “Cuando no nos despoja el
Estado, lo hace la mafia: ganarse la vida honradamente es imposible.” “Hemos
pasado del “roba lo que ha sido robado” al “roba lo que ha sido ganado
trabajando”; nos obligan a trabajar por nada.” “Todos roban, desde el ministro
hasta el capataz. Roban sin pensar, sin ocultarse, sin temor, como si el fin del
mundo fuera inminente.” “Se destruyen sistemáticamente todos los valores
espirituales.” “Nos privan conscientemente de la cultura para convertirnos en
idiotas.” “¿Quién dispuso que nos impidieran pensar y conocer nuestra historia?”
“No sabemos quiénes somos, es algo que da miedo: no sabemos hacia dónde vamos ni
qué será de nosotros.” “Es terrible que Rusia se haya convertido en algo tan
distinto de lo que imaginamos.”
Y con un suspiro de cansancio, reflexiones más íntimas: “Esto no es vida sino
supervivencia.” “Una vida sin objetivos.” “Olemos nuestra humillación hasta en
el aire que respiramos.” “Sentimos un gran peso sobre el corazón.” “¿Qué haremos
para sobrevivir moralmente?” “Marchamos hacia ninguna parte. No hay puntos de
referencia.” “No morimos de miseria sino de tristeza.” Esto fue tomado de una
encuesta callejera en Moscú: “¿Qué opina usted de la renuncia colectiva del
gobierno?” “Que ellos no piensan en nosotros ni nosotros en ellos.” Pero lo que
advertí al reunirme con estas personas en las provincias y pequeñas ciudades,
sobre la desesperación expresada en sus quejas, son los proyectos de acciones
concretas elaborados por intelectuales, jóvenes y de mediana edad. No, la gente
no está totalmente aplastada. Hay vida en sus miradas, en sus pensamientos.
Existe aún la energía de las buenas acciones, pero su campo está limitado por el
estrecho perímetro de las iniciativas individuales; más allá está el muro, todo
está tapado. Y esas iniciativas individuales no logran despertar un gran
movimiento de apoyo en la opinión pública. Sin embargo, nuestra existencia no se
remonta a un siglo sino a once, y no es la primera vez que la firmeza de nuestro
pueblo es puesta a prueba; esta vez debe enfrentar a los aventureros criminales
que tomaron el poder y el lodazal nauseabundo en el que han hundido a Rusia. A
pesar de todo lo que se hace para impedirnos respirar, no se ha apagado el
anhelo de Justicia social y de una vida limpia. Y su fuerza también es
convincente